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El Rincón Literario

APOCALIPSIS LITERARIO

 

¿E

s posible invertir el proceso de la palabra?, porque la palabra -en su esencia- siempre intenta penetrar la realidad, conocerla, reconocerla, explicarla, reducirla. Distinto es el caso de que fuera la misma realidad la que tratara de disecar a la palabra, burlarse de la palabra, vengarse de ella, procediendo a una especie de autopsia literaria.                    

                        No lo sé. Sólo narraré lo que comenzó una tarde sin que yo me propusiera siquiera interrogarme sobre el nivel filosófico de la palabra.

                        Estaba ante mi computadora desarrollando la trama imaginada de una historia que venía tomando cuerpo en mi mente durante semanas, digamos, escribiendo lo que pretendía ser la base de un relato (ahora ya no  interesa su argumento), cuando los personajes que apenas había esbozados para esta circunstancia literaria, se independizaron totalmente de mí, se escaparon a mi control y me fue imposible detenerlos.

                        El tremendo error que cometí -lo comprendí demasiado tarde-, fue intentar torpemente introducirme en su mundo para rescatarlos.

                        Me explicaré mejor.

                        En mi concepción creativa y consciente, mis héroes habían nacido para un destino trágico, digamos, con una vida llena de vicisitudes pero de grandeza. Ellos, en cambio, en plena adolescencia, se rebelaron antes de que yo lograra hacerlos madurar. Así que, con una liviandad y frivolidad insoportables, convirtieron en grotesca su existencia. Y la mía.

                        Lo cierto y lo objetivo, es que desde mi PC, yo los observaba detenidamente con la experiencia de quien tiene mil ilusiones vividas y enterradas a cuestas, mientras ellos, mis personajes, se pasaban las horas frente a mí, en el cuartito azul de mi primera ilusión, palabreándose, vegetando. En una palabra; burlándose. Ellos eran, para conocimiento del lector,  Juan, ...José..., y Juan José.                       

                        Sentí pena. Mucha pena: eran criaturas frágiles, triviales e inmaduras.

                        Afuera del cuartito azul de mi primera ilusión desfilaba una caravana de hombres con un bagaje de pasado a cuestas, que de generación en generación articulaban sonidos y gestaban palabras que representaban conceptos, ideas, sentimientos.

                        Adentro ellos..., mis personajes, ...se tiraban alegremente los conceptos, las ideas y los sentimientos por la cabeza, como jugando al ping-pong.

                        Afuera, a caballo del sol, la ceguera de la tierra se abría en luz y crecía en lenguaje. Adentro; Juan, José y Juan José.

                        Juan decía, José replicaba y Juan José oía.

                        Me invadió la pena por completo cuando vi lo que vi y oí lo que oí:

                        Primero fue el tema de las mujeres; ¡oh la femme, la femme!, Eva, Cleopatra, Josefina, Manón, ya no sos la margarita, sol de mi vida y tu, hacían un collar de carnes femeninas y en metros de palabras enhebraban cuerpos y cuerpos, y entre ellos y ellas sólo palabras: yo, tu y ellas. Inmensas masas de carnes, ...ni yo, ni tu, ni ellas. José y Sultana, ...Sultana y José, ...José y Josefa.

                        Juan creía que las mujeres eran todas tontas, que eran todas iguales, que todas eran y que gracias a Dios eran. Y Juan  sabia, claro que sabia, sino que lo dijera Juan.

                        Las palabras que se hacían conquista en la boca de Juan, se convertían en fantasía en la mente de José y masturbación en la de Juan José. Si para Juan Sultana era morena, gordita, de senos llenos y carnes flojas, José la convertía entre sus brazos, en un tigre de piel y huesos, mientras Juan José la endiosaba entre bambalinas. Y Sultana morena, convertida en tigre y en la diosa del desnudo, flotaba, se metamorfoseaba y rebotaba entre las paredes del cuartito azul de mi primera ilusión y todo a media luz, a media luz los tres; ...Juan, ....José..., y Juan José.

                        Entonces fue cuando se miraron y se sintieron uno, por que uno va llenándose de espinas en su afán de dar su amor. Juan se identificó con José, José con Juan, Juan con Juan José, Juan José con José, José con Juan José, y Juan José con Juan. Uno para todos y todos para uno recitaron al unísono y como no sólo de mujeres vive el hombre, comenzaron a orquestar temas como la importancia del empresariado en la sociedad de consumo (Alegreto), ...de la conciencia de las masas proletarias (fortíssimo), ...del pique de la Ferrari (Matando) .....y de la cultura de la corrupción (Finale estrepitoso).

                        Afuera; en tanto, las palabras seguían acumulando su propio perfil, y enriquecidas, resumían en paquetes gigantescos el lenguaje.

                        Adentro; Juandecía Josédecía JuanJosédecía y las palabras levantaban polvareda, ensuciaban el cuartito azul, trepaban las paredes, se deslizaban por el suelo y se tiraban de cabeza por la ventana. Oí las fundamentaciones de las verdades a medias, los dobles mensajes y los puntos de vista tuertos. Para colmo de males, con los números de estadísticas y encuestas callejeras, con las citas de los ilustres y notables y con las actitudes de políticos y deportistas pretendían  (¡Oh ilusos, ilustres e ilustrísimos!) desgarrar la realidad, hacerla pedazos, mostrar sus vísceras, pero eran solo palabras vacías disfrazadas de sabiduría.

                        Seriamente pensé que ninguna trama sutil, trágica o misteriosa podría desarrollar con estos imbéciles (salvo, claro está, algún que otro artículo periodístico). Tuve pánico al solo imaginar a los engendros escapándose del cuartito azul para experimentar el mundo. ¡Vade retro, Satanás!, vociferé, ¡antes pasaran sobre sus cadáveres! y bastó el deseo, ese objeto inalcanzable, para que una fuerza invencible comenzara a desatarse, la misma que puso en peligro mi vida.

 

                        El Apocalipsis se desató cuando a Juan se le cayeron los ojos. José fue el primero en darse cuenta, gritó que Juan no veía y Juan José gritó que José había gritado que Juan no veía. Juan creyó entonces que eran José y Juan José quienes estaban ciegos, simplemente por que él, Juan, no veía. Se equivocó, pero por poco tiempo, por que al rato a José le desaparecieron las imágenes del mundo exterior y bastó que Juan José viera que José no veía para que sus ojos, por ultima vez, retuvieran la visión de Juan y de José. Y todos los ojos rodaron por el suelo. Mi temor fue pensar lo que ellos podían imaginar al verse ciegos (vaya licencia poética). ¿Se les ocurriría emular a Borges o encarnar a Edipo? Gracia a Dios, no fue así.

                        Juan José fue el primero en sentirse extraño cuando comprobó que no veía a José ni a Juan pero podía olfatearlos; los olores de Juan y de José dentro de él, y se preguntó, incrédulo, como algo podía estar más adentro y más atrás de sus ojos. Los olores lo invadieron, se le deslizaron por la sangre, le rociaron los huesos y entonces por primera vez experimentó que los limites no estaban mas en su piel. Y justo cuando aprendió a olfatear, se le cayó la nariz.

                        Fue a  partir de ahí que todo adquirió un ritmo vertiginoso.

                        Vi un par de ojos caídos contorneándose por el suelo. Ojoojo, podía ser un nuevo concepto, una palabra en busca de un diccionario, si el tiempo se paralizara y la descomposición de la materia no asentara su imperio. Y ojoojo fue jooooj por un momento y joojoo al instante siguiente. Era evidente que las palabras, sin destino, se desarticulaban. Convertidas a sus mínimos elementos perdían su identidad y se corrompían. Las letras por el suelo se movían nerviosas, extrañas, se buscaban entre si pretendiendo encontrarle sentido a una nueva unión, una identidad, pero el azar había agotado sus combinaciones. En el cuartito azul de mi primera ilusión las palabras estaban demasiado gastadas.

                        Fue así que la nariz de Juan José fue también arizn y luego nzari y luego airzn y luego irzna y hubieran seguido las combinaciones simples si las dos o de los ojos no pretendieran inmiscuirse. Entonces fue noirazo o riazoon o zoonria o...después fueron las manos de los tres que contribuyeron a la danza de las letras y luego sus caras y más tarde sus cuerpos que invadieron el cuartito azul con nuevas letras y al rebotar contra las paredes desgarraron el revoque y este se cayó y vi como la ve corta del revoque mantenía su equilibrio boca abajo, parándose en sus dos piernas y saltaba emocionada porque por fin se sentía libre. Sin revoque, comenzaron a caerse los ladrillos y las tres eles de los ladrillos pudieron  por fin, aunque por pocos segundos, estar juntas. Y las tres lll se abrazaron, cantaron y saltaron, al don, al don,. al don pirulero y luego calladas se sumaron a la geografía del abecedario.

                        El Apocalipsis literario estaba en su apogeo. El cuartito azul de mi primera ilusión ya no existía. Lo comprendí en el instante en que una montaña de letras me sepultó. Fue cuando me desmayé.

 

                        Si no perdí la vida por aquella sinrazón de un abecedario tamizado, fue por un milagro de la fantasía. Reaccioné y apenas pude emerger casi ahogado por aquel desideratum. Me sacudí las ropas y soplé una letra introducida en mi ojo derecho. Observé todo antes de tomar una determinación drástica; la recomposición del escenario era imposible, los personajes yacían totalmente desmembrados y el final de la historia se perfilaba sin termino.

                        Así que tuve que hacer un inmenso esfuerzo y acudir a mi imaginación para no entregar mi existencia en aras de una antiliteratura inútil. Apenas si pude hilvanar algunas letras tiradas como para hacer comprender este destino cíclico y cruel de mis personajes, pero recién con tres letras y al cuarto intento fue que pude así archivar la historia y salvar mi vida:

                        ..ifn..., inf..., nif..., fin.

 

                                                                                  ROBERTO SANTIAGO DE BRITO

 

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