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¡Oh mi niña!
Y estabas ahí, pálida... aún, una sonrisa iluminaba tu rostro. Eras el ángel que Dios llamo a su lado.
Si no fuera porque yacías en el féretro, diría que todo es un sueño. Y me gustaría tanto que así fuese... pero duermes y no despertarás.
No veras más las infamias de la vida que tu desvanecías con tu aliento. Porque tú, con tu inocencia y ese amor que irradiabas por doquier, convertías el fango en aguas cristalinas.
Ya no se oirán más tus cantos que armonizaban el ambiente con notas de amor, de dulzura, de alegría... que volvían rico al pordiosero y al rico lo llenabas de bondad y de ternura. Ya no tendré más tus besos, tus caricias...
¡Oh mi niña¡, también has abandonado tus juguetes. Aquel payasito ha hecho más intenso su llanto. La muñeca de trapo pide a gritos ser consolada. Y que decir del osito de peluche...
Todos estamos desconsolados. El ambiente parece destilar un llanto estruendoso que desgarra y hace añicos el alma porque tu ser se ha esfumado.
Caminemos juntos
Abre las alas para volar juntos por la infinita bondad del cielo estrellado, que el viento roce nuestras mejillas, ese viento de placer que incita a desaparecer el calendario, donde no transcurra el tiempo.
Donde solo existamos tú y yo: dos locos que desean amarse, y escapar de la penumbra del tiempo para no caer en la rutina. Donde un juego de miradas, diga más que mil palabras.
Donde cada caricia, cada beso... cada momento, nos haga vivir lo deseado: dos almas que se vuelven una siendo cómplice de nuestros delirios.
Desvela mi sueño, para desmontar la armadura de lo prohibido que subyace en lo más profundo de mi corazón, porque esta noche fue hecha para nosotros. Confesionario
Los días se tornan de un gris intenso
que acosan el placer de nuestro amor,
ese amor que nos hace despertar pasiones
y que parece guiar el lapicero,
que imprime pedazos del corazón
sobre una hoja de papel,
que no dice nada pero que hace
las veces de confesionario,
que no se fatiga al escuchar
los delirios de una felicidad
que se mezcla con desdenes y vértigos
que llevan el alma al éxtasis.
Lo que escribe un poeta
Un poeta canta a la alegría, al amor. Un poeta hace una canción por medio de las líneas que plasma en el papel.
Canta al amor o al desamor que en el mundo habita. Y no sólo alude al amor erótico, también canta al amor de una madre. Esa mujer que lo llevó en su vientre y que lo ha cobijado.
Nada se puede comparar con aquel amor que lo vio nacer y que mezcló sus lágrimas de felicidad con las primeras lágrimas de ese pedacito de carne que era suyo y que hace tiempo esperaba... ansiosa de verlo sonreír, jugar, de dar los primeros pasos juntos... y verlo convertirse en hombre... pero con la esperanza de que no dejara de ser niño, para que no se alejara de su lado, para curar sus heridas con un beso...
¡Ah¡, qué no haría una madre por su hijo... tal vez como hijos nunca lo sepamos... quizá lo entendamos cuando nuestro mayor tesoro sea un hijo.
Y qué no querrá decirle un poeta a ese ser que le ha criado... Tal vez le diría muchas cosas, puesto que él escribe versos, pero cuando piensa escribirle a ella las palabras le brotan del corazón, y le hacen un nudo en la garganta, sin poder plasmar nada en el papel porque se da cuenta que para ella, todas las palabras se vuelven insuficientes para decirle cuánto la ama, y sólo puede expresar gracias mamá y brindarle amor eterno.
Si lo uno fuera lo otro
Si la noche fuera el día... cada cual perdiera su hermosura... siendo el día el origen de la nada y la noche el desfallecer de un todo
No se puede vislumbrar una fusión de estos dos elementos: el día y la noche, por más que quisieran volverse uno todo intento quedaría convertido en nada.
Sus cuerpos palpitantes desean la fusión, pero no hay vértice que los una... porque no convergen en la misma órbita... cuando uno nace, el otro va desfalleciendo, uno viene a terminar al otro.
Suena cautivador la unión de estos elementos, pero, sólo queda en el absurdo; un absurdo que inquieta a ambos, y que a la vez se resisten a volverse uno... pues, acabarían con el paisaje acostumbrado por la existencia...
A la noche lo reclama el dar descanso a los cuerpos agobiados... el día es prometedor de nuevos horizontes, de nuevas oportunidades... es como un invierno en primavera... aunque queramos, nunca veremos reflejado un rayo de luz en un trozo de hielo, porque la misma naturaleza los separa, nadie concibe, ni reclama este bello paisaje... la misma inercia de lo concreto, de lo lógico los rechaza y aunque dicho paisaje se diere... sólo duraría un instante, mismo que acabaría con la existencia de estos dos.
Los árboles no retoñan en invierno, la naturaleza está acostumbrada a seguir su norma... la fusión de dos cuerpos palpitantes de generaciones totalmente opuestas, sería navegar contra corriente... ¡Oh! desventura de la vida, pone cuerpos parecidos que nada tienen que ver y otros más que sin parecerse se atraen, pero que la naturaleza misma los separa. Datos de la autora:
Nora Laura Romero
Jáures.
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