ra de madrugada cuando la alarma del despertador sonó cumpliendo la
inexorable misión de despertarme. Me desesperé. Y, entre sueños, mi
primera reacción fue destruir el artefacto, hacerlo añicos contra el
suelo. Deseo normal, supongo, en circunstancias normales..., que no
eran exactamente las mías, porque ese lunes mi cabeza, mi propia
cabeza, ¡no estaba conmigo! Ella, desde la noche anterior, seguía
prendida al exquisito aroma a piel, de la rubia del sueño.
La situación imperante me hizo improvisar
un movimiento dramático: enderezar mi esqueleto y sentarme en la cama,
conviniendo que, astucia mediante y con algún ardid, lograría mi
objetivo. ¡Otro gesto inútil!. Al intentar levantar mi brazo izquierdo
contra el reloj, una ráfaga de viento suplió el movimiento. Apenas
ahogué un grito cuando descubrí que el brazo no estaba en su lugar y
un agujero atravesaba mi hombro. Paralizado, sólo atiné a observar
compungido, como mi brazo izquierdo, acompañaba a la lujuriosa mano
que, con deleite y satisfacción, contenía uno de los pechos de la
damadecelestesojos. ¡Brazo y mano gozaban del ensueño amoroso en
un juego circular de placer y caricia del que yo había sido desterrado
por el maldito despertador! Con precaución, con mucha precaución,
examiné a mi brazo derecho y a su mano. Gracias a Dios, permanecían en
la cama debajo de la almohada. Respiré aliviado. Entonces más sereno y
sin dudar, me di el mandato de reemplazar mi pierna izquierda con el
brazo derecho, porque ella -mi pierna izquierda-, había quedado como
trofeo de fotógrafos y periodistas en una parte del sueño donde logró
el gol de la victoria frente a ochenta mil espectadores. Por fortuna,
mi pierna derecha me era fiel, aunque debido a una razón fortuita: un
calambre cerca de la medianoche, la hizo permanecer conmigo pese a su
deseo, nada altruista, de irse tras una quimera.
Mi ilusión, era que mi brazo derecho
suplantara a mi pierna izquierda, al igual que un bastón, con el único
propósito de pararme al costado de la cama. ¡Otra utopía! El inestable
equilibrio me inclinó de costado y por milagro evité una caída. En
aquel momento busqué mecánicamente distintas soluciones. Por ejemplo,
intenté introducir mi brazo derecho en el vacío del hombro izquierdo
para equilibrar mi cuerpo, apoyar la pierna en el suelo, y salir de la
cama. Una vez parado, razoné, sacaría del hueco del hombro izquierdo
mi brazo derecho, lo colocaría en forma horizontal y con pequeños
saltos tomaría contacto con esa realidad cotidiana que, ansiosa,
esperaba verme cumplir el rito ancestral y rutinario de ir a trabajar.
Pero para este nuevo desafío, mi cabeza, me era más que
imprescindible: ubicada en el mismo centro de gravedad del cuerpo y
con el peso de la razón en su interior, era insustituible para mi
estabilidad física y emocional. Su ausencia me volvió a enredar en una
postura más que incomoda, porque si bien logré con puntería,
introducir el brazo fiel en el hueco del hombro contrario -como quien
introduce un hilo por el ojo de una aguja-, no sospeché ni por un
instante lo difícil que era recular a la ubicación anterior.
A esta altura de las circunstancias, la
situación se me tornó desesperante: hecho un ovillo, yacía
despedazado. Los sueños, a los que noche a noche adhería, me habían
prácticamente descuartizado, conducido a un extraño y falaz instante
de espera enigmática en donde debía resolver un jeroglífico vital al
estilo "del que tiene una pierna y le falta la cabeza". Esa
sensación de impotencia me convirtió en algo así como un "Tupac Amaruc"
tironeado entre los corceles del los sueños, y los potros de la
realidad. El instante al que
Por ROBERTO SANTIAGO DE BRITO